Bahundanda

Subo, al fin, el último escalón del larguísimo tramo de escaleras irregulares de piedra. En cuanto pongo el pie en el pueblo, una mujer me sonríe. Lleva un bonito sari rojo.

—¿Te gustaría tomar un té? —me dice en un básico inglés—. ¿O quizás una sopa?

Me parece una buena idea. Tras la dura subida me vendrá bien reponer fuerzas. La sigo por un polvoriento sendero, entre varias casas de piedra. De la mayoría de ellas cuelgan vistosos carteles. En todos anuncian lo mismo: se alquilan habitaciones para los senderistas. Aprovechando que el camino hacia el campamento base pasa por aquí, las familias del pueblo han convertido sus casas en pensiones.

Unos niños corretean descalzos en la plaza, donde también hay unas gallinas sueltas. En la esquina, una anciana levanta la mirada del mortero cuando pasamos a su lado. El aro brillante de su nariz parece destellar cuando me sonríe. Acto seguido, vuelve a concentrarse en machacar unas especias con la maza.

La mujer del sari rojo empieza a subir más escaleras. Gustosamente me habría quedado en cualquiera de las otras pensiones, sin subir ni un minuto más. Seguro que preparan sopas y tés en todas ellas. Pero continúo siguiéndola. Ella va en chanclas; yo en botas de montaña. Sube ligera, pero su paso es relajado.

Llegamos a su pensión, que está en la parte más alta del pueblo. Tiene una terraza sencilla con unas cuantas sillas y mesas viejas, desgastadas por el sol. Las vistas espectaculares compensan lo rudimentario del lugar. Abajo está el valle del que partí por la mañana, inundado de terrazas de arroz del verde más brillante que he visto nunca. Al otro lado, montañas nevadas. Las nubes oscuras que anuncian tormenta le dan una luz especial al paisaje.

Me dedico a observar la vida en los campos mientras la mujer prepara el té con mucha calma. Los bueyes pastan más abajo. Pero lo más hipnótico es ver cómo el viento mueve las plantas de arroz y las hace ondear. Y ahí, entre esas plantas, se ven unos bultos de colores. Son las espaldas de las campesinas.

La mujer me sirve una sopa de calabaza y un té de jengibre. Se sienta en un pequeño taburete, al borde del precipicio de la terraza. Se dedica a pelar guisantes y, de vez en cuando, levanta la vista, vigilante.

Doy un sorbo al té. Y ella se levanta de golpe. Deja las verduras y baja las escaleras hacia el inicio del pueblo. Me asomo y veo que se acerca un senderista. Al rato, regresa. Sola. No ha habido suerte.

Se vuelve a sentar en el taburete. Y tras unos minutos, baja de nuevo. Esta vez llega con dos parejas de senderistas. Les prepara una mesa. Pero los excursionistas no parecen decidirse. Finalmente le explican que han decidido intentar llegar al próximo pueblo antes de que llueva, así que no se toman nada.

Con una sonrisa, la mujer se despide del grupo y vuelve a su cesta de guisantes. Los continúa pelando, con paciencia, sin prisa. Los senderistas, apresurados, se dirigen al siguiente pueblo.

Doy el último sorbo de té y dejo la taza vacía en la mesa. Empieza a chispear en la aldea nepalí de Bahundanda. Las campesinas, lentamente, comienzan el ascenso hacia sus hogares. Los hombres, guían a los bueyes hacia el corral. La lluvia arrecia. Sus pasos continúan igual de lentos.

#historiasrurales #zendalibros

10 días de luto. 10 flores. 10 relatos.

🖤 10 días de luto.

🌺 10 fotos de flores.

✍️ 10 minirelatos de duelos.

Historias inventadas. Cualquier parecido a la realidad es pura coincidencia… o no.

❗️No trato de criticar, juzgar o defender a nadie. La única finalidad es darnos cuenta de lo afortunados que somos de estar vivos.

⚫️ 27133 españoles no han tenido esa suerte. ⚫️

27 de Mayo de 2020

DÍA 1 DE LUTO OFICIAL

Verónica tiene tres hijos. Y hoy no puede más. Los niños se han quedado en casa con su marido y ha salido a dar un paseo sola.

No está en su franja horaria. Pero no le importa. Simplemente lo necesita. Si le para la policía dirá que va a un bar o algo.

Pasea por la avenida, bajo la sombra de los árboles. Le sienta bien el aire, aunque lo tenga que respirar a través de la mascarilla. Las flores están preciosas. Las contempla. Y por unos segundos consigue olvidarse de todo.

Aunque eso dura poco. Los recuerdos vuelven de golpe. Hoy ha sido un día duro. Verónica trabaja en una residencia de la tercera edad. El trabajo ya es exigente de por sí, pero con el coronavirus ha sido todo una locura.

Ha tenido varias crisis. Sin embargo, ahora la situación parecía estabilizarse. Eso no significa que no siga habiendo abuelitos enfermos. Es el caso de Vicente, uno de los ancianos.

Esta mañana Verónica ha tenido que sujetar el teléfono mientras la familia de Vicente se despedía de él por videollamada. La mano le temblaba al sostener el móvil junto al rostro del anciano. Al colgar, ella también estaba llorando.

28 de Mayo de 2020

DÍA 2 DE LUTO OFICIAL⁣


Emilio vive en Denia, en segunda línea de playa. Como cada mañana, se fuma un cigarro en el balcón.⁣

Da dos toques para sacudir la ceniza. Y cuando va a llevárselo de nuevo a la boca se da cuenta de un detalle: el piso de enfrente tiene las persianas subidas. Y el toldo verde está bajado.⁣

¿Cómo puede ser? Si lleva meses vacío. Emilio empieza a cabrearse. Sabe que el piso es de Doña Encarna, que vive en Valladolid. Ella y su familia suelen venir en verano. Ha coincidido varias veces con ellos en la horchatería de abajo.⁣

— ¿Y por qué han venido ahora?—se pregunta Emilio mientras aplasta la colilla en el cenicero— si está prohibido cambiar de provincia.⁣

En el piso de enfrente, tras ese toldo verde, está Yolanda, tirada en el sofá. Con la mirada perdida en el techo. Las últimas 72 horas han sido muy intensas.⁣

A finales de Febrero, Yolanda se fue a la India. Hizo un retiro de yoga durante 3 semanas. La cuarta semana tenía planeado viajar por el país. Su gran ilusión era ver el Taj Mahal. Había ahorrado durante mucho tiempo para ese viaje de un mes.⁣

Pero todo se desmoronó de repente. Cuando salió del retiro y pudo volver a conectarse a Internet el mundo había cambiado.⁣

Las fronteras de la India habían cerrado, se había decretado el confinamiento, su vuelo de vuelta había sido cancelado. Y su abuela, Doña Encarna, estaba ingresada por coronavirus.⁣

Las semanas siguientes, fueron terribles. La echaron de varios hoteles y tuvo que alojarse en una casa compartida con otros viajeros atrapados que no podían volver a sus países, pues no había vuelos.⁣

Su día a día consistió durante más de un mes en contactar con la embajada, conseguir alimento, solucionar problemas de visado y rezar por su abuelita.⁣

Al final consiguió un billete en un vuelo de repatriación. Pero no se atrevió a volver a su piso compartido. Llevaba muchas horas viajando con más de 300 repatriados y temía estar contagiada. No quería pegárselo a sus compañeras de piso.⁣

A su madre se le ocurrió la solución: que se quedase en la segunda residencia de la abuela. Así que eso hizo. Lo que Yolanda no podía imaginar es que el mismo día que llegase a Denia, su abuelita Doña Encarna dejaría de respirar para siempre.

29 de Mayo de 2020

DÍA 3 DE LUTO OFICIAL⁣⁣

Fernando es policía local. Le ha tocado otra vez controlar el cruce de salida del municipio.⁣

Pasa un coche con dos ocupantes. Conduce alguien joven. Al lado va una mujer de mediana edad. Ninguno lleva mascarilla.⁣

Fernando los hace parar. Antes también han pasado dos sin mascarilla, pero parecían pareja. Ahora tiene una intuición.⁣

— ¿A dónde van ustedes? —les pregunta nada más bajan la ventanilla.⁣

— Volvemos del ambulatorio.⁣

— ¿Tienen algún justificante?⁣

— Venimos de la revisión de mi madre.⁣

— He dicho que si tienen algún justificante.⁣

La madre saca unas recetas. Firmadas por el médico a fecha de hoy.⁣

—¿Pero ustedes conviven en el mismo domicilio? —insiste Fernando, decidido a encontrar algo.⁣

— No, bueno ahora sí. Aunque desde hace unos días ya no —el joven comienza a perder la paciencia—. Quiero decir, de normal no, pero con la pandemia nos fuimos a casa de mis padres. Por la niña y eso, que allí tiene jardín y ellos la cuidan mientras yo teletrabajo. Desde la fase 1 ya nos hemos vuelto a casa.⁣

— Pues si no conviven juntos, deben llevar mascarilla en el coche.⁣

— Pero si hemos pasado todo el confinamiento juntos.⁣

— Documentación por favor.⁣

— ¿Nos va a multar?— responde el chico, cada vez más alterado— pero si hemos estado juntos todos los días.⁣

— Señor, he dicho que me entregue la documentación —El policía también se está alterando.⁣

Tras haberles puesto la multa por incumplimiento de la normativa de uso de mascarillas en vehículos particulares, el coche arranca y se aleja.⁣

El chico se ha cabreado, pero ha mantenido la calma y los modales. No le ha montado ningún numerito.⁣

Fernando casi hubiese preferido un numerito. Tenía ganas de discutir con alguien, de gritar. De descargar su ira.⁣

Y es que sólo siente ira desde hace dos semanas, cuando su madre falleció por coronavirus tras 34 días ingresada en la UCI.⁣

30 de Mayo de 2020

DÍA 4 DE LUTO OFICIAL⁣⁣

Carmen vive en una callecita estrecha, en la zona peatonal. De esas en las que puedes hablar con el vecino de en frente desde el balcón.

Es una mujer mayor, vive sola. Aunque le cuesta caminar, no falló ni un solo día en los aplausos de las ocho.

Se dirigía hasta el balcón pasito a pasito. Arrastando la pierna derecha. Y sujetándose de los muebles.

Ya en el balcón, se soltaba lentamente de la barandilla. Hacía un esfuerzo por mantener el equilibrio. Y aplaudía. Con toda su energía. Aplaudía sorprendentemente fuerte para su edad.

Le sentaba bien ese ratito de ver a sus vecinos. Aunque el ambiente cada vez le gustaba menos.

Una vecina colgó un dibujo de un arcoiris. Otro, una bandera de España.

Una ponía la canción de Resistiré. El otro, el himno de Valencia y Paquito el Chocolatero versión King África.

Uno de los días, el vecino hizo una cacerolada en vez de aplaudir. Y otros vecinos le gritaron facha.

A Carmen le entristecía volver a ver una España tan profundamente dividida. Sobre todo ante un enemigo común; el virus.

Cuando comenzó la desescalada, Carmen recibió visita de sus hijos. Y pudo salir a pasear. Hasta entonces sólo los había visto con un metro de distancia y la mascarilla puesta cuando le subían la compra.

Unos días después, Carmen comenzó a encontrarse mal. Tenía fiebre, le costaba respirar. Y sufrió un desmayo. Despertó en la UCI.

Finalmente dejó de respirar. Las manos de Carmen no volverían a aplaudir nunca.

31 de Mayo de 2020

DÍA 5 DE LUTO OFICIAL⁣

Hoy no estoy inspirada. Llevo ya varios enfrentamientos contra el editor de texto en blanco. Todos fallidos.⁣

¿Y si escribo un microrelato? No más de tres frases. Lo intento varias veces, pero no hay manera, no me sale nada.⁣

El problema no es que el relato sea corto o largo, es que no se me ocurre una historia.⁣

Pruebo a encontrar esa historia en el tranvía, volviendo de visitar a mis padres. Miro alrededor, buscando algo que me haga un click y me salga el relato del día.⁣

Veo gente con la mascarilla mal puesta. Veo los asientos precintados. Incluso veo pasar una ambulancia.⁣

Intento concentrarme en los personajes. ¿Y si escribo sobre una limpiadora de hospital que se contagia? ¿O sobre alguna adolescente a la que sí le haya pillado de cerca?⁣

Uff, no me convence. Nada me inspira. Hoy me cuesta inventarme un personaje para acabar matándolo.⁣

Quizás sea una señal. Y es que hoy, 31 de mayo, es el primer día que no hay ningún fallecido por coronavirus en toda la Comunidad Valenciana.⁣

1 de Junio de 2020

DÍA 6 DE LUTO OFICIAL

Arranca el coche por primera vez en dos meses. Jose Manuel retoma su antigua ruta al trabajo. Se le ha hecho extraño estar en casa desde que le hicieran el ERTE. Sobre todo al saber que sus compañeros de trabajo no daban abasto.

Y es que en los últimos meses, su empresa se vio desbordada. Tenían el triple de trabajo, hacían turnos de 12 horas, enfundados en los EPIs, sin parar a comer.

Era horrible, le contaban los compañeros. Nunca habían vivido nada igual. Se les acumulaban los cadáveres en la funeraria. Tenían que adaptarse cada día a nuevos protocolos, tanto de seguridad como de actuación. Todos estaban agotados.

Por eso le dolía especialmente tener que quedarse en casa mientras los demás no llegaban a todo. Pero claro, su puesto de trabajo no entraba en los nuevos protocolos. Por seguridad, a los fallecidos por coronavirus no se les realiza ninguna técnica de tanatoestética ni tanatopraxis. Así que con un técnico para cubrir los casos fallecidos por otro motivo era más que suficiente. Y Jose Manuel era el más nuevo de los dos.

Pero hoy al fin volvía a su trabajo. Desde que entrasen en Fase 1, se habían restablecido los velatorios. Volvía a ser necesario maquillar y peinar a los difuntos.

2 de Junio de 2020

DÍA 7 DE LUTO OFICIAL

Lidia está tumbada en la cama, boca abajo. Ha estado un rato pegando puñetazos a la almohada, aunque ahora ya se ha calmado. Se levanta y se enjuaga las lágrimas. Piensa que ha tenido un nuevo ataque de ansiedad, pero no lo sabe. Nadie le hace caso. Sus amigas no la entienden, sus padres la ignoran. Bastante tienen ya con lo suyo. No sabe qué hacer. En un último arrebato de rabia, lanza la almohada contra la pared llena de pósters.

Al principio llevaba bien el confinamiento. En realidad no echaba tanto de menos a sus amigas, pues siempre seguían conectadas a través de Tik Tok y Snapchat. Y, hay que reconocerlo, lo de no tener que ir al insti era un puntazo.

Pero un día se torció todo. Su madre le contó, entre lágrimas, que habían ingresado a la tía en la UCI. Lidia tenía mucha relación con su tía. Su tía era soltera y siempre tenía algún regalo para ella. Pero lo mejor es que podía confiar en ella. Le contaba cosas que nunca se atrevería a contarle a su madre. O incluso a sus amigas. Su tía siempre tenía un buen consejo.

Y ahora no sabía si la volvería a ver. Conforme fue comenzando la desescalada, sus amigas no paraban de quedar. Al principio iba con ellas. Pero pronto se hartó: o bien se lo tomaban todo a risa, o bien se quejaban de cómo el virus había destrozado sus vidas. ¿Que había destrozado sus vidas? ¿En serio? ¿Porque se había cancelado el FIB? ¿Porque sus padres no les dejaban comprar modelitos por Amazon? ¿O porque no habían podido ponerse morenas?

Así que, aunque su municipio ya estaba en Fase 2, Lidia apenas salía de casa. No tenía con quién hablar de cómo se sentía. Sólo conocía a una persona que habría sabido qué decirle: su tía.

3 de Junio de 2020

DÍA 8 DE LUTO OFICIAL⁣

Cada año a estas alturas, Pilar está deseando que lleguen las vacaciones de verano. Esta vez no. Esta vez quiere que llegue otoño directamente. O cuando sea que los niños vuelvan a empezar el colegio.⁣

Y es que es imposible compaginarlo todo. Su municipio entra en breves en fase 2. Y eso significa que los grandes almacenes en los que trabaja Pilar, vuelven a abrir.⁣

De hecho ya ha tenido que ir esta semana a trabajar, para organizarlo todo. Ha sido muy raro volver del ERTE y reencontrarse con todos.⁣

Al principio casi no reconoce a Mari Carmen, una de sus compañeras de planta. Entre la mascarilla y los pelos que lleva, le cuesta unos instantes saber quién es.⁣

Mientras comentan un poco la vuelta, Pilar se fija más en la raya de pelo canosa de Mari Carmen. Incluso le ve más ojeras que antes. La verdad es que está bastante desfavorecida, no le ha sentado muy bien la cuarentena.⁣


— Lo más difícil es compaginar todo. Con dos críos en casa, sin colegio, con mi marido trabajando también y ya sabes que no tenemos familia cerca —se queja Pilar a su compañera—. Protesté a la empresa y no me dan solución. Deseando estoy que llegue el otoño ya. En fin. Es lo que hay. No sé cómo, pero nos las arreglaremos. ¿Cómo estás tú?⁣

— Vamos tirando, Pili —suspira Mari Carmen, y las arrugas en los ojos se le marcan aún más—. Te enteraste por el grupo de whatsapp, ¿no? ¡Ah! No, ahora que pienso, es el grupo de la sección de zapatería, tú no estás. Resulta que mi madre falleció de coronavirus a finales de abril.⁣

4 de Junio de 2020

DÍA 9 DE LUTO OFICIAL

Dio positivo. Fue una de las primeras infectadas en su municipio. Junto con otros veinte ancianos de la residencia.

Tiene 91 años. Había pasado recientemente una pulmonía. La tenían aislada. En la residencia habían separado infectados de sanos.

Todo lo que veía desde su cama eran astronautas que le medían la temperatura y cambiaban los goteros. No le entraba sol por la ventana.

Mientras tanto, su familia no podía ni hablar por teléfono con ella, mucho menos ir a visitarla. Su existencia se reducía a un único whatsapp diario:

«Ha pasado la noche tranquila. Buenas constantes de temperatura y saturación. Volveremos a informar.»

Transcurrieron los días más duros del confinamiento. Los sentimientos de impotencia, tristeza y rabia de sus familiares, se iban alternando. Pero, ¿cómo se sentía ella? Nadie lo sabía. Los astronautas no se lo preguntaban. Lo único que quedaba registrado eran su temperatura y saturación de oxígeno.

El caos llegó a la residencia. No daban abasto. No había material, no estaban preparados, no podían hacer tests, mezclaron ancianos enfermos con sanos, propagando así el brote. Muchos fallecieron.

Pero ellos seguían recibiendo el frío whatsapp de la residencia. 14 palabras diarias que unían a los familiares con la abuela. No podían hacer nada, salvo rezar y esperar.

Hasta que un día llegó una foto que sacó una de las trabajadoras de la residencia. La anciana parecía animada. Estaba sentada en una butaca y miraba a la cámara. Incluso sonreía tímidamente. Pero lo mejor era el pie de foto: «la hemos trasladado a la zona de los residentes en buen estado».

Fue una gran noticia. Sus familiares, sin embargo, siguen en tensión. Ya pueden ir a tomar cervezas al bar, incluso comprar en centros comerciales. Pero no les permiten visitar a la abuela en la residencia mientras siga habiendo brotes activos.

5 de Junio de 2020

DÍA 10 DE LUTO OFICIAL

[Publicado el 19 de Julio, 6 semanas tras el final del luto oficial]

Esta es la historia de una madre, que está a punto de ser abuela. Y apenas ha pegado ojo. Debería haber estado a miles de kilómetros de aquí. Pero el estado de alarma le impidió hacer ese viaje.

Se siente triste, impotente, con rabia. Desearía teletransportarse. Pero es imposible. Y duele. Esto no son unas vacaciones canceladas. Esto es no poder acompañar a su hija cuando dé a luz. Esto es no saber cuándo conocerá a su nieto.

Esta es la historia de una hija, que vive en Polonia y está a punto de ser mamá. Con la única compañía de un marido enfundado en bata, mascarilla, pantalla, guantes y gorro.

Y eso durante el parto. Porque luego se quedó sola. Durante 4 días en el hospital con la única compañía de su bebé y 10 puntos.

Esta es la historia de un marido, que acaba de ser papá. Y tuvo que estar 4 días sin ver a su hijo ni a su mujer. Era el protocolo por coronavirus: nada de visitas en el hospital.

Esta es la historia de esos recién estrenados padres, que salieron del hospital para confinarse en casa. Y no tuvieron la ayuda de nadie. Nadie podía ni hacerles la compra.

Ni siquiera cuando el confinamiento terminó, pues las fronteras seguían cerradas. Y no tenían familia en Polonia.

Esta es la historia de una hermana, que se ha convertido en tía. Se propuso escribir 10 relatos en el confinamiento, y se le atascó este último durante 6 semanas. Demasiado real. Demasiado sufrimiento por llevar 16 meses sin ver a su única hermana. Sólo cuando los deditos de su sobrino rodearon su dedo, la escritura volvió a fluir de nuevo.

¿Cuál ha sido el mejor momento del día?

¿Cómo lidiamos con los pensamientos negativos que aparecen, irremediablemente, cada día?⁣

Hace 1 año hicimos un retiro de meditación Vipassana en Nepal. Fueron 10 días sin hablar, sin internet, sin distracciones, con comida vegana y 14 horas de meditación diaria.⁣

¿Y sirvió? Pues directamente no. Poco hemos vuelto a meditar desde entonces.⁣

Pero a raíz de esa experiencia instauramos otros hábitos que sí nos han servido. La clave de todo está en la gratitud. ¡Y lo mejor es que no hace falta irse a Nepal ni hacer un retiro para empezar a aplicarlo! Es más, estos días de desescalada estoy viendo muchos buenos ejemplos de estas pequeñas cosas:⁣

🌺 He visto las redes más llenas que nunca de fotos de flores. ¿Cuánto hacía que no observábamos la primavera con tanta intensidad?⁣

👀 Volver a ver las cosas de siempre con nuevos ojos. ¡Valorar cada paseo por el barrio de toda la vida!⁣

🥣 Cocinar tus propios pasteles, pizza casera, hacer pan, probar nuevas recetas… ¿A que así todo sabe mejor?⁣

☕️ El sabor de ese primer café o esa caña en el bar que tanto tiempo llevabas esperando.⁣

🤗 Y las ganas locas de abrazar a quien más quieres. Y lo agradecidos que estaremos cuando podamos hacerlo. Porque lamentablemente no todo el mundo podrá reencontrarse.⁣

«La raíz de todo bien reposa en la tierra de la gratitud» – Dalai Lama

Annapurna

No paró de nevar en toda la noche. Estábamos metidos en la tormenta, no dejamos de escuchar truenos desde el refugio.

La previsión del tiempo era muy nublada. No sabíamos si podríamos ver el Annapurna al día siguiente.
☁️ Pero a las 4am, cuando sonó el despertador, todo estaba en calma.

Salimos del refugio, con toda nuestra ropa de abrigo y ¡se veían estrellas!, ¡estaba despejado!

Comenzamos a subir la cuesta a la luz del frontal. Poco a poco, las montañas se fueron iluminando y ya no necesitamos las linternas.
🏔

Tras algo menos de 2 horas, alcanzamos el Campamento Base del Annapurna. ¡Justo a tiempo para ver salir el sol entre las montañas!
☀️ Y allí estábamos, contemplando el Annapurna, imponente, con sus 8096 metros de altura.
😍

Poco a poco las nubes llegaron, engulléndose las montañas y el ochomil desapareció de nuestra vista. Era hora de comenzar el descenso por la nieve que ya comenzaba a derretirse.

¿Cómo llevamos la cuarentena?

«¿Cómo lleváis estar encerrados después de un año viajando?» – Es la pregunta que más nos han hecho.⁣

Pues sorprendentemente bien. Claro que hay días de bajón, pero estamos más positivos, calmados y agradecidos de lo que esperábamos.⁣

Primera porque, tras un año de viaje, apetece parar y descansar. Y más aún en un piso con todas las comodidades a las que ya no estábamos acostumbrados (lavadora, cocina, sofá, ducha caliente…)⁣

Y segunda porque varios aprendizajes del viaje nos han servido para llevar mejor esta situación:⁣

📲 Hablar con los familiares y amigos únicamente por Skype ya venía siendo lo normal durante este año (de hecho hace ya 7 años, pues antes vivíamos en Austria).⁣

🤷‍♀️ En el viaje hemos vivido multitud de situaciones de incertidumbre. Hemos aprendido a lidiar con el no saber qué va a pasar en un futuro próximo.⁣

👩‍❤️‍👨 El último año hemos convivido las 24 horas del día juntos. A veces en una furgoneta, en una mini-habitación de hotel o en una tienda de campaña. Vivir juntos en un piso es pan comido.⁣

🖖 Los interminables viajes en bus local y la mala conexión a internet te enseñan a saber entretenerte con poco.⁣

😷 Ya estábamos acostumbrados a usar la mascarilla, muy común en Asia debido a la polución.⁣

🙏 Tuvimos la oportunidad de vivir 15 días de confinamiento en Nepal. Y ver las condiciones en las que lo viven allí. Nos sentimos profundamente agradecidos de poder pasar aquí la cuarentena.⁣

Hay momentos en que la incertidumbre también nos abruma: ¿encontraremos trabajo? ¿piso? (el de ahora es prestado) ¿Cuándo podré reencontrarme con mi hermana, que vive en el extranjero? ¿Nos devolverán los 600€ del vuelo que nos cancelaron?⁣

En el próximo post compartiremos cómo hacemos frente a todos esos pensamientos negativos que, como es normal, aparecen cada día.⁣

🤭 Pista: uno de nuestros países favoritos tiene mucho que ver con esto.

Situación extraña

El otro día me aventuré afuera por primera vez. Hasta ahora sólo había salido Carlos. Fui a comprar. Y fue extraño.⁣⁣

No tuve que hacer cola. Llegué cuando abrían. Y eso que no madrugué especialmente.⁣⁣

Al llegar me puse los guantes que daban a la entrada. Y entonces… ¿te puedes creer que me había olvidado de que hacían falta monedas? Pues necesitaba monedas para todo: para dejar la mochila en la taquilla, para atar el carrito, para coger el carro.⁣⁣

No me quedó otra que dejarlo todo sin atar y usar cestas. Una vez dentro se me olvidó pronto el percance. Y es que aluciné.⁣⁣

Tras sortear a la gente y seguir las líneas de seguridad del suelo, acabé en la zona de las verduras. ¡Guau! Al coger aquellos enormes pimientos rojos no podía dejar de sonreír bajo la mascarilla. ¡Anda! ¡Si también hay alcachofas!⁣⁣

Pedir en la charcutería me costó más de lo que pensaba. Era como si no me salieran las palabras adecuadas. Y además se me hizo raro que ahí al lado no estuviese la máquina para devolverme el Pfand.⁣⁣

Pero qué me iban a devolver, si las botellas de cerveza ya no existían. Las había tirado de camino a la compra. Casi me había dolido cuando estallaron en añicos. Con la basura lo hicimos mal desde el primer día. No es que no recicláramos, al contrario. ¡Habíamos separado demasiado! Para luego llegar y tener que echar cuatro bolsas en un par de contenedores.⁣⁣

No esperaba haberme olvidado de tantos detalles en este tiempo. Llevamos más de 7 años sin vivir en España.⁣⁣

Lo más raro de todo es la luz. A las 9 de la noche aún es de día. Y por la mañana pensamos que es más pronto de lo que es. Da igual cuándo abras los ojos, siempre está oscuro. Claro, no estábamos acostumbrados a las persianas.⁣⁣

Lo otro también es raro, por supuesto. No poder ver a nadie, ir con miedo por la calle, llevar mascarilla, etc. Pero todo el mundo está viviendo lo mismo, nos comprenden, les comprendemos. No estamos solos.⁣⁣

Aunque los consejos que nos dan a veces nos parecen graciosos:⁣⁣

—Cuando vuelvas de la calle, deja los zapatos a la entrada.⁣⁣

Pero… ¿eso no era lo normal?⁣

La pareja

Comenzaron a escucharse unos chillidos animales a lo lejos. A pesar de la distancia destacaban sobre todos los otros sonidos de la selva al ser tan agudos.

— Monkey alarm—nos susurró Arjun, llevándose un dedo a los labios para recordarnos que guardásemos silencio.

Los monos estaban dando la alarma. Sólo podía significar una cosa: se encontraba cerca. Era lo que habíamos estado esperando todo el día bajo un sol abrasador.

Carlos y yo habíamos llegado ayer a esta recóndita región de Nepal, en un agotador viaje de autobús de más de dieciséis horas desde Katmandú.

Habíamos contratado a los guías Hari y Arjun, para que nos ayudasen en nuestra emocionante búsqueda en el parque natural de Bardia.

Nos guiaron por el parque, siguiendo las huellas, a través de hierba más alta que nosotros. Cruzamos ríos descalzos, pues el agua nos llegaba hasta las rodillas. Y esperamos pacientemente en silencio, siempre atentos a las señales. Con un palo de bambú por toda protección.

¡Ñii, ñii, ñiii! — Los chillidos de los monos vuelven a escucharse, esta vez mucho más cerca. Los guías se miran y a partir de ese momento todo sucede muy deprisa.

Noto una mano en la cabeza que me empuja hacia el suelo, obligándome a agacharme.

— Eva, run!! —me susurra Arjun desde detrás, también agachado.

Corremos los cuatro agazapados entre la maleza. Me esfuerzo por no quedarme atrás y seguir el ritmo de Hari y Carlos.

Empiezo a jadear, me duelen los muslos de correr agachada. Pero no puedo parar, Arjun no deja de empujarme.

De repente me entra miedo. «¿Estamos yendo a su encuentro? ¿O estamos huyendo de él? ¿Y si está en nuestra orilla?», me pregunto mirando el río que queda a mi derecha.

Me doy cuenta de que los guías están muy alterados. ¡Estamos corriendo por nuestras vidas! Saco fuerzas y acelero el paso.

Las gotas de sudor resbalan por mi cuerpo, las ramas me hacen arañazos en los brazos, el corazón late a toda prisa y me cuesta tomar aire. Pero nada de eso importa, sólo pienso en huir, pues estoy convencida de que nos persigue.

Me choco contra Carlos. Han dejado de correr. Alguien me empotra unos prismáticos en los ojos y me dice: «look, look«.

Y entonces lo veo. Está en medio del río, cruzando. Pero se detiene en seco. Nos ha detectado. Gira la cabeza lentamente y siento que su mirada se clava en la mía a través de los prismáticos.

Estoy mirando a los ojos a un tigre de Bengala. Un enorme tigre en libertad, a tan solo veinte metros de nosotros. En ese momento sólo existe esa mirada felina y los latidos de mi corazón.

Nos quedamos inmóviles y el tigre decide seguir cruzando el río. Se va hundiendo más en el agua y tiene que nadar, sólo se le ve la cabeza. Sigo sus movimientos con los prismáticos. Sale por nuestra orilla y se queda esperando en la hierba.

¿A qué espera? ¿Por qué no se adentra en la jungla?

Se oye un potente rugido en la otra orilla. Si hace un momento me había sentido a salvo al enterarme de que no estábamos huyendo, ahora el miedo retorna con todas sus fuerzas. El rugido me ha puesto los pelos de punta y todo mi cuerpo se estremece.

En ese momento, un segundo tigre se zambulle en el agua de un grácil salto.

Los guías están muy emocionados y no paran de repetir «two tigers» en susurros. Más tarde nos explicarían que el primero en cruzar era un macho y la segunda una hembra.

La tigresa cruza el río deprisa. Al salir del agua, podemos contemplar durante unos segundos su enorme cuerpo mojado, con su pelaje naranja brillante. En cuanto están ambos juntos, se adentran en la selva. Lo último en desaparecer es el final de la cola negra de la hembra.

Los guías siguen repitiendo «two tigers«, pero ya han abandonado el tono susurrante. Están muy contentos, parecen más emocionados que nosotros. Nos cuentan que en todos sus años de experiencia jamás habían visto a una pareja de tigres juntos, pues son animales territoriales.

Regresamos andando hasta el jeep para volver a nuestra choza de barro. Los guías van tocando el claxon y no paran de reír y gritar «two tigers!!«.