La pareja

Comenzaron a escucharse unos chillidos animales a lo lejos. A pesar de la distancia destacaban sobre todos los otros sonidos de la selva al ser tan agudos.

— Monkey alarm—nos susurró Arjun, llevándose un dedo a los labios para recordarnos que guardásemos silencio.

Los monos estaban dando la alarma. Sólo podía significar una cosa: se encontraba cerca. Era lo que habíamos estado esperando todo el día bajo un sol abrasador.

Carlos y yo habíamos llegado ayer a esta recóndita región de Nepal, en un agotador viaje de autobús de más de dieciséis horas desde Katmandú.

Habíamos contratado a los guías Hari y Arjun, para que nos ayudasen en nuestra emocionante búsqueda en el parque natural de Bardia.

Nos guiaron por el parque, siguiendo las huellas, a través de hierba más alta que nosotros. Cruzamos ríos descalzos, pues el agua nos llegaba hasta las rodillas. Y esperamos pacientemente en silencio, siempre atentos a las señales. Con un palo de bambú por toda protección.

¡Ñii, ñii, ñiii! — Los chillidos de los monos vuelven a escucharse, esta vez mucho más cerca. Los guías se miran y a partir de ese momento todo sucede muy deprisa.

Noto una mano en la cabeza que me empuja hacia el suelo, obligándome a agacharme.

— Eva, run!! —me susurra Arjun desde detrás, también agachado.

Corremos los cuatro agazapados entre la maleza. Me esfuerzo por no quedarme atrás y seguir el ritmo de Hari y Carlos.

Empiezo a jadear, me duelen los muslos de correr agachada. Pero no puedo parar, Arjun no deja de empujarme.

De repente me entra miedo. «¿Estamos yendo a su encuentro? ¿O estamos huyendo de él? ¿Y si está en nuestra orilla?», me pregunto mirando el río que queda a mi derecha.

Me doy cuenta de que los guías están muy alterados. ¡Estamos corriendo por nuestras vidas! Saco fuerzas y acelero el paso.

Las gotas de sudor resbalan por mi cuerpo, las ramas me hacen arañazos en los brazos, el corazón late a toda prisa y me cuesta tomar aire. Pero nada de eso importa, sólo pienso en huir, pues estoy convencida de que nos persigue.

Me choco contra Carlos. Han dejado de correr. Alguien me empotra unos prismáticos en los ojos y me dice: «look, look«.

Y entonces lo veo. Está en medio del río, cruzando. Pero se detiene en seco. Nos ha detectado. Gira la cabeza lentamente y siento que su mirada se clava en la mía a través de los prismáticos.

Estoy mirando a los ojos a un tigre de Bengala. Un enorme tigre en libertad, a tan solo veinte metros de nosotros. En ese momento sólo existe esa mirada felina y los latidos de mi corazón.

Nos quedamos inmóviles y el tigre decide seguir cruzando el río. Se va hundiendo más en el agua y tiene que nadar, sólo se le ve la cabeza. Sigo sus movimientos con los prismáticos. Sale por nuestra orilla y se queda esperando en la hierba.

¿A qué espera? ¿Por qué no se adentra en la jungla?

Se oye un potente rugido en la otra orilla. Si hace un momento me había sentido a salvo al enterarme de que no estábamos huyendo, ahora el miedo retorna con todas sus fuerzas. El rugido me ha puesto los pelos de punta y todo mi cuerpo se estremece.

En ese momento, un segundo tigre se zambulle en el agua de un grácil salto.

Los guías están muy emocionados y no paran de repetir «two tigers» en susurros. Más tarde nos explicarían que el primero en cruzar era un macho y la segunda una hembra.

La tigresa cruza el río deprisa. Al salir del agua, podemos contemplar durante unos segundos su enorme cuerpo mojado, con su pelaje naranja brillante. En cuanto están ambos juntos, se adentran en la selva. Lo último en desaparecer es el final de la cola negra de la hembra.

Los guías siguen repitiendo «two tigers«, pero ya han abandonado el tono susurrante. Están muy contentos, parecen más emocionados que nosotros. Nos cuentan que en todos sus años de experiencia jamás habían visto a una pareja de tigres juntos, pues son animales territoriales.

Regresamos andando hasta el jeep para volver a nuestra choza de barro. Los guías van tocando el claxon y no paran de reír y gritar «two tigers!!«.