Bahundanda

Subo, al fin, el último escalón del larguísimo tramo de escaleras irregulares de piedra. En cuanto pongo el pie en el pueblo, una mujer me sonríe. Lleva un bonito sari rojo.

—¿Te gustaría tomar un té? —me dice en un básico inglés—. ¿O quizás una sopa?

Me parece una buena idea. Tras la dura subida me vendrá bien reponer fuerzas. La sigo por un polvoriento sendero, entre varias casas de piedra. De la mayoría de ellas cuelgan vistosos carteles. En todos anuncian lo mismo: se alquilan habitaciones para los senderistas. Aprovechando que el camino hacia el campamento base pasa por aquí, las familias del pueblo han convertido sus casas en pensiones.

Unos niños corretean descalzos en la plaza, donde también hay unas gallinas sueltas. En la esquina, una anciana levanta la mirada del mortero cuando pasamos a su lado. El aro brillante de su nariz parece destellar cuando me sonríe. Acto seguido, vuelve a concentrarse en machacar unas especias con la maza.

La mujer del sari rojo empieza a subir más escaleras. Gustosamente me habría quedado en cualquiera de las otras pensiones, sin subir ni un minuto más. Seguro que preparan sopas y tés en todas ellas. Pero continúo siguiéndola. Ella va en chanclas; yo en botas de montaña. Sube ligera, pero su paso es relajado.

Llegamos a su pensión, que está en la parte más alta del pueblo. Tiene una terraza sencilla con unas cuantas sillas y mesas viejas, desgastadas por el sol. Las vistas espectaculares compensan lo rudimentario del lugar. Abajo está el valle del que partí por la mañana, inundado de terrazas de arroz del verde más brillante que he visto nunca. Al otro lado, montañas nevadas. Las nubes oscuras que anuncian tormenta le dan una luz especial al paisaje.

Me dedico a observar la vida en los campos mientras la mujer prepara el té con mucha calma. Los bueyes pastan más abajo. Pero lo más hipnótico es ver cómo el viento mueve las plantas de arroz y las hace ondear. Y ahí, entre esas plantas, se ven unos bultos de colores. Son las espaldas de las campesinas.

La mujer me sirve una sopa de calabaza y un té de jengibre. Se sienta en un pequeño taburete, al borde del precipicio de la terraza. Se dedica a pelar guisantes y, de vez en cuando, levanta la vista, vigilante.

Doy un sorbo al té. Y ella se levanta de golpe. Deja las verduras y baja las escaleras hacia el inicio del pueblo. Me asomo y veo que se acerca un senderista. Al rato, regresa. Sola. No ha habido suerte.

Se vuelve a sentar en el taburete. Y tras unos minutos, baja de nuevo. Esta vez llega con dos parejas de senderistas. Les prepara una mesa. Pero los excursionistas no parecen decidirse. Finalmente le explican que han decidido intentar llegar al próximo pueblo antes de que llueva, así que no se toman nada.

Con una sonrisa, la mujer se despide del grupo y vuelve a su cesta de guisantes. Los continúa pelando, con paciencia, sin prisa. Los senderistas, apresurados, se dirigen al siguiente pueblo.

Doy el último sorbo de té y dejo la taza vacía en la mesa. Empieza a chispear en la aldea nepalí de Bahundanda. Las campesinas, lentamente, comienzan el ascenso hacia sus hogares. Los hombres, guían a los bueyes hacia el corral. La lluvia arrecia. Sus pasos continúan igual de lentos.

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