Un trekking de los buenos

Mini-relatos diarios de nuestro trekking de camino al Campamento Base del Everest.

Día 1: Katmandú – Jiri.⁣
188km, 10h⁣


Diez horas de viaje pueden no parecer nada del otro mundo. ⁣

Pero cuando esas 10 horas las pasas encajado en un bus local, con la mochila de trekking entre tus piernas y saltando con cada bache, ya es otra cosa.⁣

Cuando, a pesar de llevar la ventanilla cerrada, el bus se llena de tanto polvo del camino que tienes que respirar a través de una tela… ya se empieza a hacer largo.⁣

Cuando temes mirar por la ventana porque sólo unos centímetros te separan de un precipicio sin quitamiedos alguno… las horas se hacen eternas.⁣

Y no puedes hacer nada para que pasen más rápido. Imposible leer, el móvil saltaría por los aires en el próximo bache.⁣

Imposible conversar, escuchar podcasts u otra música que no sean los últimos hits de Bollywood que suenan a todo volumen en el bus y te taladran el cerebro.⁣

Esas mismas canciones que a la vez te hacen sonreír. Porque es imposible no animarse con esa música.⁣

Diez horas de bus pueden parecer terribles. Pero cuando te dedicas a observar la vida local ya no se te hacen tan largas.⁣

Pasas tu mirada del anciano que viaja con un saco de arroz a la mujer que lleva varias horas de pie porteando a su bebé y no ha perdido la sonrisa.⁣

Diez horas en bus local pueden parecen eternas. Pero cuando por la ventanilla distingues los impresionantes Himalayas… sabes que han merecido la pena.⁣

Día 2: Jiri-Deurali, 16km, 900m desnivel.⁣⁣

⁣⁣— ¿Sacas el potabilizador de agua?—preguntó Eva en la primera pausa del día.⁣⁣
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— Pero si lo tienes tú —respondió Carlos desde la piedra en la que estaba sentado, masajeandose los muslos, resentidos aún por el viaje de bus.⁣⁣
⁣⁣
Aprovecharon la pausa para potabilizar agua con el filtro que, efectivamente, estaba en la mochila de Eva.⁣⁣
⁣⁣
Ambos se ataron de nuevo las zapatillas antes de proseguir el camino. Era el primer día de ruta y aún no habían encontrado la tensión justa de los cordones.⁣⁣
⁣⁣
Lo mismo sucedía con las correas de la mochila. Cada parada la aprovechaban para regularla mejor y descargar la espalda, llevando el máximo peso posible a las caderas.⁣⁣
⁣⁣
— ¿Quién lleva la crema de sol? —preguntó Carlos, ajustando un poco mejor las correas de los tirantes.⁣⁣
⁣⁣
— Pues espero que tú, porque yo no la he cogido —dijo Eva tras hacer memoria—. Deberíamos reorganizar bien las cosas comunes cuando lleguemos a la posada.⁣⁣
⁣⁣
— Pues sí, porque yo estoy cargando con 1 kilo de frutos secos.⁣⁣
⁣⁣
— Ya, y yo llevo el bote de champú, el jabón, el botiquín —contestó Eva aireada— y el powerbank que también pesa.⁣⁣
⁣⁣
— ¡Pero si el powerbank lo llevo yo! —dijo él.⁣⁣
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— ¡Qué mentira! ¡Ya verás cuando reorganicemos las mochilas en la posada!⁣⁣
⁣⁣
Las conversaciones se fueron espaciando al comenzar la cuesta arriba. Y cesaron por completo cuando empezó a llover a cántaros.⁣⁣
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Ya en la posada lo último en lo que pensaron fue en reorganizar la mochila.⁣⁣
⁣⁣
Sólo pensaban en que el calor de ese humeante té que sujetaban entre las manos se les metiera en el cuerpo. Habían pasado horas andando bajo la lluvia y, aunque ya se habían puesto ropa seca, no lograban entrar en calor.⁣⁣
⁣⁣
Sólo cuando la familia encendió el brasero, consiguieron volver a sentir los dedos de los pies bajo los dos pares de calcetines. Además las brasas iluminaron la habitación de madera, hasta entonces en penumbra, pues se había ido la electricidad debido las lluvias.⁣⁣

Día 3: Deurali – Kinja, 15km, 1500m bajada.⁣

⁣Al atravesar la última fila de arbustos nos encontramos con un acantilado. Imposible seguir. La rabia nos invade. Es la tercera vez que nos equivocamos de camino.⁣

Ya desde el principio el día no ha comenzado nada bien. Hemos dormido en un sitio terrible. Anoche no nos importó demasiado, sólo pensábamos en refugiarnos de la lluvia.⁣

Pero hoy nos levantamos tosiendo del polvo que hay en la habitación. Por aquí no han pasado senderistas en meses. Además estamos los dos tocados del estómago. Vamos corriendo a la letrina, que encima está ocupada.⁣

Aún notamos las consecuencias del diluvio de ayer. Para empezar, nuestra única muda de andar no se ha secado. Tenemos que ponérnosla mojada y fría.⁣

La etapa de hoy es toda cuesta abajo, 1300 metros de desnivel. Hubiera sido un paseo en otras condiciones, pero con todo el suelo mojado resbala un montón. Acabamos de barro hasta los tobillos.⁣

Intentamos mantenernos positivos, aunque las constantes equivocaciones en el camino no ayudan. Al menos parece que sólo era un tramo. Después de unas horas ya volvemos a encontrar señales y los senderos no tienen pérdida.⁣

Llevo todo el día con la sensación de tener que hacer la etapa a contrarreloj. Por eso me duele más cada paso en falso. Quizás sea porque está muy nublado y no quiero mojarme como ayer.⁣

Vemos un letrero que nos hace olvidar nuestras penas: «yak cheese». No nos hace falta ni ponernos de acuerdo. ¡Nos hemos comprado un delicioso queso de yak! Acompañado de unas nueces ha sido nuestra comida. ¡Qué rico!⁣

Llegamos al penúltimo pueblo del día. Están todos ocupados con la construcción de una casa. Cargan las piedras a la espalda, sujetándolas a la frente con unas tiras.⁣

Preguntamos por el siguiente pueblo, donde planeamos dormir. Una mujer nos dice que está a 3 horas.⁣

Nos lee la duda en la cara: hemos mirado instintivamente al cielo. Está muy negro.⁣

— I have room here —nos dice la mujer bien espabilada—. Good price, nice food, hot tea…⁣

Ha dicho las palabras mágicas. Tras comprobar la habitación y negociar el precio, decidimos quedarnos a dormir aquí. Así da gusto terminar una etapa.

Día 4: Kinja-Lamjura, 10 km, 2000m subida.⁣

⁣Este día aprendí dos lecciones. Aunque en el fondo creo que eran la misma.⁣

La primera me la dieron de buena mañana. Caminábamos por un sendero estrecho y muy cuesta arriba. Y por primera vez no andábamos solos. Nos acompañaban varios niños.⁣

Mejor dicho, les acompañábamos nosotros. Ellos hacían ese camino 6 días a la semana. Iban con sus uniformes, de camino al colegio. Algunos llevaban mochilas. Otros cargaban los cuadernos y su único boli en la mano.⁣

No dejaron de reír en todo el camino, que duró 1 hora. Al mismo tiempo sudaban del esfuerzo. Y alguno se debió de hacer daño en el pie, pues andaban con chancletas por la piedra suelta. Pero nunca se les borró la sonrisa. Reían entre ellos, reían con nosotros, reían cuando nos despidieron ya desde su escuela. ⁣

La segunda lección me llegó por la noche. Atrás había quedado el sudor de esa cuesta arriba. Estábamos helados.⁣

Habíamos subido tanto que empezamos a ver nieve. Al principio nos emocionamos. Luego nos entró miedo. Si ya hay nieve aquí, ¿cómo estará en el campo base?⁣

Las últimas horas se hicieron eternas. Ya era nieve todo lo que pisábamos. Se nos mojaron los pies, el viento era helado.⁣

Llegamos empapados al único refugio del paso de montaña. Nos cambiamos de ropa y pusimos las botas a secar a la estufa.⁣

Había 3 alemanes. Los miramos con envidia: iban súper bien equipados. A ellos no les habían calado las botas y su ropa parecía ser súper calentita. Era probable que sus calcetines valiesen más que toda nuestra ropa junta.⁣

Al rato llegaron 3 nepalís, que se sentaron también junto a la estufa. Nos contaron que iban en sentido contrario: se dirigían a Katmandú a hacer negocios.⁣

Los observé mientras se calentaban con el fuego. No se cambiaron de ropa, pues no llevaban nada de repuesto. Probablemente toda su ropa costase menos que nuestros calcetines. Las chicas tenían el pelo empapado por la nevada. ¡Su calzado era tan fino! Y sus calcetines, tobilleros. ¿Cómo narices caminaron así por la nieve?⁣

Pero lo que más me llamó la atención fue su sonrisa. No la perdieron en ningún momento. Reían a carcajadas alrededor del fuego.

Día 5: Lamjura-Salung, 14 km⁣⁣

⁣⁣— Dal Bhat ready —nos dice Dolma Sherpa asomándose por la cortinilla que hace las veces de puerta.⁣⁣
⁣⁣
Cruzamos a la cocina y la vemos terminar de servir. Es un poco raro cenar mientras ella y sus padres nos observan.⁣⁣
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Pero tampoco tienen otro sitio al que ir. Su casa solo tiene dos estancias: la cocina y la habitación que acaban de cedernos para dormir. Y es que hemos tenido un pequeño percance.⁣⁣
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La etapa ha sido casi perfecta. Tras cruzar el paso de montaña Lamjura (3530m de altura) la nieve ha desaparecido. Hemos avanzado rápido, por buen terreno.⁣⁣
⁣⁣
El tiempo era ideal: ni lluvia ni sol abrasador. El paisaje, espectacular. Hemos avistado el pico Numbur. Y el camino estaba rodeado de preciosos rododendros en flor.⁣⁣
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Pero a última hora se ha complicado: no hemos encontrado ningún alojamiento. Y mira que es raro, suele haber posadas en cada pueblo.⁣⁣
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Y las había, sí. Pero estaban cerradas. Y estaba anocheciendo. Mierda. Hemos preguntado a un abuelete del pueblo si sabía de algún sitio para dormir.⁣⁣
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— Wait! —nos ha sorprendido en inglés— My cow.⁣⁣
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Hemos esperado hasta que ha metido la última vaca en el corral.⁣⁣
Y entonces nos ha presentado a su hija Dolma, de nuestra edad.⁣⁣
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Nos han dejado dormir en su casa. En sus propias camas. Ellos dormirán en la cocina.⁣⁣
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Viven sin lujos. Sus camas no son cómodas, no tienen ducha, ni armarios, el humo de la cocina hace que nos lloren los ojos… Pero lo único que lamento es no poder hablar más con ellos, no saben casi inglés.⁣⁣
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Al enterarnos de que son budistas (su única estantería es un altar) Carlos tiene la idea de enseñarles fotos de la celebración del año nuevo tibetano que vivimos hace unas semanas.⁣⁣
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Les encanta ver algo que conocen. Nos explican que ellos también pusieron banderas nuevas en la estupa.⁣⁣
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El punto álgido de la velada ocurre cuando Carlos empieza a tararear «Resham Firiri». Los padres se emocionan, incluso bailan un poquito con sus pies descalzos. (¿No están helados? ¡Yo llevo doble calcetín!).⁣⁣
⁣⁣
Dolma no se permite bailar. Aunque sí sonreír. Se dedica a recoger los platos y sale a la oscura noche a fregar. Dentro no hay agua.

Día 6: Salung – Jubing, 16 km.⁣

⁣Es el primer día que no devoro con ansias el Dal Bhat de la noche. Y no porque no esté bueno, no. Este arroz con sopa de lentejas está delicioso.⁣

Lo que pasa es que por fin me he acostumbrado al horario de comidas que llevamos durante el trekking.⁣

Decidimos tomar desayuno y cena energéticos. Desayunamos huevos duros, té y pan chapati. Cenamos arroz y, si hace frío, sopa. Sin embargo para comer simplemente picamos algo (queso de yak y frutos secos).⁣

Ya el año pasado, cuando estuvimos 30 días pateando los Annapurnas, nos dimos cuenta de que era lo mejor. Comer de caliente a medio día tenía dos problemas:⁣

1. Los nepalís cocinan con calma, por lo que parar en una posada supone hacer una larga parada y enfriarse.⁣

2. Con el estómago lleno cuesta más andar y entran ganas de siesta.⁣

Ha sido un gran cambio respecto al menú del colegio donde hicimos el voluntariado. Allí nos cebaban a Dal Bhat a mediodía, siendo desayuno y cena muy ligeros.⁣

Pero parece que ya nos hemos acostumbrado. Aunque hoy ha habido que picar un poco más de lo habitual: ha sido un día muy largo. Los dueños de la casa donde hemos dormido nos han preparado el desayuno a las 5 de la mañana.⁣

La parte buena es que hemos visto el amanecer iluminando la cordillera del Makalu. Y que el día nos ha cundido un montón.⁣

¡Vaya si nos ha cundido! Al llegar al alojamiento aún no era de noche. Así que me he duchado por primera vez desde que empezamos. Y me he lavado el pelo, agachada bajo el chorro de agua helada.⁣

¡Qué bien sienta cuando acabas!⁣

¿Cuál ha sido la ducha que más has disfrutado?

Día 7: Jubing – Kare, 7.5km, 940m subida.⁣

⁣Nos cuesta avanzar por la mañana. Y no es por la subida bestial. Es que ya andamos tocados. Carlos se torció el tobillo ayer y hoy lo nota resentido. A mí me ha venido la regla y me duele la barriga.⁣

Si ayer contábamos que lo óptimo era no parar mucho por el camino y comer sólo snacks, hoy no estamos para optimizaciones. Paramos más de una hora y nos zampamos unos crepes.⁣

Y desde ese momento nuestro ánimo cambia. No sé si por los crepes, o por el sol, o porque los dolores remiten. O quizás sea por lo simpáticos que son todos en el pueblo de Karikhola. Casi dan ganas de quedarse a dormir aquí.⁣

Pero ahora que nos han vuelto las energías decidimos seguir. A los pocos pasos nos encontramos una sorpresa: ¡la carretera se acaba!⁣

Tampoco te imagines una carretera moderna. Imagina más bien una pista forestal, llenísima de baches, barro y con varias rocas caídas por deslizamientos de ladera. Y tampoco es que haya muchos coches. Algún jeep de vez en cuando y un puñado de motos. Y una excavadora.⁣

Una excavadora que araña la pared rocosa, centímetro a centímetro. Avanzando lenta pero implacable. Algún día alcanzará Lukla y esta zona cambiará para siempre.⁣

Somos unos afortunados por conocerla así. En cuanto ponemos un pie en el sendero, fuera de la carretera, nos parece entrar en otro mundo.⁣

El mundo de las mulas.⁣
Mañana te llevamos con nosotros a descubrirlo. Hoy tenemos que buscar refugio porque ha empezado a diluviar. 😉⁣

Día 8: Kare-Surke, 11 km

El sendero es compartido. Y no tenemos prioridad. Las reinas del sendero son las mulas de carga. Avanzan en fila, guiadas por pastores. Transportan bombonas de gas, sacos de cemento y de arroz.

Entre la lluvia de ayer y los cientos de pisadas, el terreno es un barrizal impresionante. Jamás habíamos visto nada igual. Si tuviera que resumir el día con 3 palabras, serían barro, barro y barro.

En realidad no pisamos barro únicamente. Las cacas de las mulas se mezclan con el barro. No hay manera de distinguirlas ni esquivarlas.

Los resbalones no son pocos. A veces es imposible mantener el equilibrio. Hay algunas culadas. Atrás queda ya la ducha del otro día: vamos de barro hasta las orejas.

Lo más desesperante es ceder el paso a las mulas. Es tan estrecho que no cabemos a la vez. Hay que parar, manteniendo el equilibrio a media ladera y dejarlas pasar.

Miro el reloj. Llevamos 3 horas para recorrer 5 km. En otras condiciones lo habríamos hecho en una hora.

A veces me desespero y me saltan las lágrimas. Pero… ¿qué puedo hacer? Abandonar y dar media vuelta es igual de horrible que seguir hacia delante.

Ocurre algo curioso. Nos cruzamos con nepalís sonrientes. A ellos no les preocupa el barro. No parecen nepalís de pueblo. Y van todos en sentido contrario al nuestro. Llegan en oleadas: a ratos nos cruzamos con varios, a ratos no hay nadie.

Están contentos, se escucha música en sus móviles. Algunos llevan mochilas de trekking. Otros cargan con sacos de arroz. Algunos van solos, otros con hijos. Cuando les pregunto, todos responden «I go home».

Hay algo muy raro en todo esto. Algo que no me cuadra. ¿Por qué van a casa desde la montaña? ¿Por qué tantos? ¿Será que hoy es viernes? ¿Por qué no nos habíamos cruzado a nadie hasta hoy?

Las dudas quedan apartadas en el tramo final: es cuesta abajo y hay que estar muy muy concentrado para no resbalar en el barro.

El nivel de agotamiento en el refugio es tal, que ni siquiera nos duchamos.

Día 9: Surke – Lukla, 4km, 600 m subida.⁣


¡Yaaaaks! ¡Hemos visto rebaños de yaks! Han pasado muchísimas cosas hoy, pero sólo puedo pensar en los yaks. ¡Son majestuosos!⁣

Bueno, voy a empezar por el principio. Estábamos desayunando cuando el té ha empezado a agitarse. La casa de madera ha crujido de forma espantosa. Las bombillas oscilaban. No hemos reaccionado. Ni los dueños del hotel tampoco. Sólo nos hemos mirado los cuatro con horror.⁣

A los pocos segundos ha parado el terremoto. Se han asomado a ver si los vecinos estaban bien. Por suerte no ha habido daños. Pero el susto y el mareo no se me han ido en varias horas.⁣

He disfrutado de la caminata con todos los sentidos. No sé si por la experiencia del terremoto o por ese oscuro presentimiento.⁣

El caso es que he respirado el aire limpio tras las lluvias. He admirado las flores, la visión de las cimas nevadas. He escuchado el río cuando cruzábamos por el puente colgante.⁣

Y me he enamorado de los yaks cada vez que nos cruzábamos con ellos. En alta montaña los yaks resisten mejor que las mulas, y por eso los usan para llevar cargas.⁣

Nuestra intención era seguir directos hacia el parque natural de Sagarmatha. Pero decidimos desviarnos un par de horas para pasar por Lukla. Es el pueblo de montaña más grande de la zona. No llega la carretera. Pero tiene un pequeño aeropuerto para avionetas, considerado uno de los más peligrosos del mundo.⁣

La idea de desviarnos ha sido por las oleadas de nepalís que van a sus casas. Resulta que vienen en avioneta desde Katmandú. Que están yendo a sus casas porque dicen que ya no hay turistas en la capital, que están cerrando negocios. Decidimos echar un vistazo porque esto pinta raro.⁣

Llegamos a Lukla y nos parece una maravilla tras tantos días: suelos empedrados, unas vistas alucinantes, un montón de tiendecitas, muchas opciones para comer. ¡Hay incluso un cajero!⁣

Y lo más importante: tenemos señal de móvil. Nos conectamos a las 11 de la mañana. Y no paramos de leer mensajes hasta pasadas las 3. Estamos preocupados.⁣

Continuará…⁣

Hace ya un mes y aún así me cuesta escribir estas líneas. ¡Es tan doloroso recordar lo que pasó! Hasta he dormido mal porque sabía que hoy me tocaría escribir estas líneas. Y sabía que iba a doler.
Está tronando, al igual que tronó hace un mes. No puede haber simil mejor que lo que siente mi alma.

Transportémonos a Lukla. A un pueblo al pie de los Himalayas. Por sus calles caminan senderistas, circulan rebaños de yaks y corretean niños sherpas.

Y hay dos viajeros indecisos. Que no dejan de hablar con la gente y de mirar el móvil. Y no sacan nada en claro.

Desde España nos cuentan que llevan unos días confinados. Cancelaron las Fallas en Valencia, sólo se puede salir a comprar y trabajan desde casa, los que pueden.

Pero en Nepal no hay confinamiento. El primer ministro ha dado una rueda de prensa y sólo ha dicho medidas del tipo «el aforo máximo de los transportes no podrá ser superado».

El dueño del restaurante nos recomienda seguir con el trekking:
— ¿Creéis que vais a estar mejor en Katmandú que en las montañas? ¡Aquí estáis más seguros!

Familiares y amigos nos dicen que no volvamos, que en España «la cosa está muy mal». Intentamos contactar con el consulado, pero no hay manera.

Preguntamos en la entrada del Parque Natural. Las autoridades nepalís nos dicen que podemos seguir, que no hay ningún problema.

Nuestro corazón nos dice que sigamos el trekking. En la montaña todo parece normal. Pero nuestro instinto nos dice que nos vayamos de aquí cagando leches.

¿Por qué hemos visto ya alojamientos cerrados? ¿Por qué vuelven tantos nepalís a sus casas?

@maestrawanderlust, que también estaba en Nepal, ha precipitado su regreso a casa. @carlabellacrespo lo está intentando.

Hablamos con unos senderistas que traen caras largas. Iban de camino al Everest y les han hecho dar la vuelta.

Compramos billetes de avioneta. Hoy no volará, hay tormenta. Pero mañana nos vamos a Katmandú.

Me caen las lágrimas. Entonces y ahora.

¿Qué habría pasado si no nos hubiésemos desviado por Lukla? ¿Habríamos podido completar el trekking? ¿Nos habrían hecho dar media vuelta? ¿Nos hubiéramos quedado sin alojamiento en medio de la montaña? ¿Habríamos llegado al Campo Base del Everest?

Nunca los sabremos. Lo que sí sabemos es que volamos a Katmandú al día siguiente. Adelantamos nuestro vuelo para regresar a España. Decretaron el estado de alarma. Cerraron el aeropuerto. Cancelaron el vuelo. Nos quedamos 15 días confinados con una familia nepalí maravillosa. Fuimos repatriados a España. Y aquí estamos. Casi enteros. Un pedacito de nuestro corazón se quedó allá. ❤️🇳🇵